La política no se puede hacer sin hombres, por lo mismo, la religión sería impracticable. Puede decirse que la política es sagrada, sin embargo ese adjetivo es adecuado a los ámbitos religiosos. La política es impoluta. "La pelota no se mancha" no es una frase impertinente.
Muchos hombres se pudren en la praxis religiosa o en la política. Tanto es así, que se adjudican a la iglesia católica persecuciones y matanzas atroces. Y no es verdad. Fueron hombres degenerados, los que, usando el nombre de una institución, que sin hombres estaría condenada a la nada absoluta, desvirtuaron sus medios para obtener un fin (supuestamente loable).
De la misma manera, está de moda decir que la política es "sucia". Y se habla de "los políticos" como si éstos fuesen una estirpe divina (o endemoniada), alejada de la naturaleza humana. La abominable Carrió se refiere a la "corporación política", de una manera despectiva y como sí ella no fuese política.
Decir que la "política debe redimirse con la gente" es una absurdo. Es la gente la que debe redimirse con el "hacer política", y decir que la gente debe redimirse con los políticos o viceversa, implica que es la gente la que debe redimirse con ella misma. Ya que los políticos son personas y las personas pueden ser políticos.
Desde el 2003 a esta parte, se ha venido incrementando la toma de conciencia sobre la necesidad de participar, de debatir ideas o de luchar en la calle por un derecho; la discusión política ha ido in crescendo. Pero también, muy lentamente, ha renacido el re(v)(p)ulsivo discurso de la antipolítica.
El discurso que desprecia la política promueve, paradójicamente, desde la política, una despolitización del discurso mismo. Lo antipolítico reclama la garantía individual de los bienes y la vida, por eso, desde esa perspectiva, es más fácil ver a la política como un valor innegociable que tiene como fin general, el bienestar común de una sociedad, no de un sector o de una o dos personas.
Desde el hipócrita "que se vayan todos", lo que se propone, subrepticiamente es, quedémonos nosotros a bailar en lo de Tinelli con Roque Fort, Alfano y todo el circo. Olvidémonos de los problemas, nosotros que tenemos plata, divirtámonos, que al país le encanta observar nuestro derroche. Y en verdad, hay un sector importante de la sociedad que disfruta de eso con morbo.
Una sociedad debe hablar de política, y es en este sentido que Uruguay debe ser un ejemplo, como dice mi entrañable amiga Eme. La política debe festejarse. La fiesta inolvidable.
No son los políticos el problema, o si, en el sentido de que políticos potenciales somos todos. Es la tendencia del "argentino" a descomprometerse, a alejarse de los ambientes en los cuales se discute política. Ufffffffffffff, otra vez con la política! Ese discurso, el de irse de los "lugares calientes" pega fuerte.
La decepción de la "política" es un cinismo, o el ridículo lugar común de "todos los políticos son iguales" se asemeja al despecho del hombre engañado: "todas son iguales". Nadie se hace cargo de sus errores en este país, la culpa siempre es de "todos los otros".
Los mayores evasores son los que gritan a los cuatro vientos: "pagamos nuestros impuestos, queremos paz y seguridad".
La sentencia de "el político debe hacer y no hablar tanto" esconde, en realidad, esa cultura nacional que le huye al compromiso. Los argentinos, muchos, se reían mientras enunciaban "roba pero hace". Una abominación.
Otra vez, aquellos que repiten y repiten que pagan sus impuestos, lo que quieren decir es, en realidad, que: "yo pago mis impuestos y no quiero que nadie me rompa las pelotas." La misma hipocresía del hijo de puta que se viola un pendejo por semana y los domingos va a misa y deja la limosna. Así es como seguridad y paraíso terminan siendo paralelismos de impuestos y limosna (o diezmo). "Los impuestos deben garantizarme seguridad, la limosna el cielo. Y puedo quedarme tendido en mi catre esperando que otros lo hagan por mi."
El lenguaje, aunque la gente se crispe, es un elemento fundamental del político. Entre lenguaje y hacer se conforma un discurso coherente o no, consistente o endeble, con contenido o laxo.
Los políticos con un discurso de contenidos, consistente y coherente abundan. No es una sentencia, es simplemente lo que veo y escucho y, por supuesto, cierta subjetividad se cuela en mi percepción, es innevitable. Agustín Rossi, Piumatto, De Petri, Coscia, Kunkel, Dante Gullo, Delía, Pichetto. Ni hablar de Cristina Kirchner. Obviamente, hay muchos más de esa lista tan sesgada. Pero ellos no honran a la política sino al ser humano que practica la política. Es el discurso político, que no es sólo lenguaje.
Del otro lado, está el discurso laxo, endeble e incoherente que sectores sociales quieren escuchar para huir al compromiso. Esa es la antipolítica. De Narváez y Tinelli, Macri y Fort, Susana Giménez y Michetti. La antipolítica y su discurso es el enemigo completo. Ya se sabe lo que ésto, históricamente significó.














